Los perros no se suicidan
Para llegar al suicidio, se debe tener conciencia del significado de la muerte.
Cuando el hombre busca el suicidio como última alternativa, lo hace evidentemente porque siente más temor a la vida que a la muerte. Prefiere la muerte a seguir viviendo para afrontar sus problemas, si pensar que la vida podría ofrecerle la posibilidad de resolverlos, presentándole soluciones inmediatas o futuras. Depresión por cuestiones sentimentales o económicas, falta de trabajo, enfermedades físicas o psíquicas, soledad, incomprensión, pérdida de seres queridos, de esperanza, de fe, pueden ser algunas de las razones que lo lleven a tan extremo acto.
Si analizamos estas consideraciones, ¿podemos encontrar alguna de esos motivos en el reino animal?
Cuando se escuchan relatos sobre algunos perros que se dejan morir por el fallecimiento o ausencia de su amo, echandose sobre su tumba o permaneciendo en el lugar donde lo vieron partir por última vez, resulta dudoso suponer que tienen conciencia de que quieren morir.
Es stress parece apoderarse de él. La pena y ansiedad por estar junto a su amo afectan psicológicamente al animal con tanta profundidad que no reacciona ante otra mano amiga que se tiende para ayudarlo.
Se va desconectando de su entorno produciéndose el colapso progresivo de sus fuerzas. No recibe más información del exterior y, pese al frío, lluvia o hambre no reacciona, porque lo más importante para él es la presencia de su amo. Su mente deja de funcionar y va entrando en estado de semi inconsciencia hasta que muere por inanición.
Los perros que sufren de tristeza y abandono mueren lentamente, pero nunca un perro deprimido se arroja voluntariamente delante de un vehículo en marcha para quitarse la vida, ni se arroja desde un precipicio intencionalmente para suicidarse.
Ante situaciones de peligro, se produce una reacción espontánea. El miedo natural, instintivo frente al peligro actúa con mayor fuerza que su depresión.
Pero, un análisis básico de estos comportamientos en algunos perros, depende según sean morfológicamente y psicológicamente del tipo lobo o chacal. Los primeros se entregan enteramente a un dueño y no siempre son capaces de soportar el shock psicológico que representa la pérdida o separación de su amo. La pena y ansiedad por estar junto a él lo afectan psiquicamente con tanta profundidad que no reaccionan positivamente. También, debido al rompimiento del estereotipo formado, con el que se siente segregado internamente en mayor o menor grado.
Los del tipo chacal no parecen apegarse psicologicamente a un dueño y se adaptan fácilmente a otro. No sufren ni se deprimen como los del otro grupo.
Cuando alguno titulares de diarios se refieren al “suicidio” en masa de animales de una misma especia, me pregunto si realmente están bien conceptuados como suicidios.
Esos animales en su huida, generalmente en seguimiento de un “jefe” de mana, actúan a impulso del terror y no tienen idea del significado de la muerte como para buscarla. En su desesperación por escapar al detonante de su pánico, por ejemplo, cuando terminada una empinada cuesta, al llegar al abismo no responden a su natural instinto de supervivencia como para evitar el peligro. Y, si en un fugaz momento se hiciera presente, el clima de terror que envuelve a la masa viviente como gigantesca ola, hace que el animal tras animal, unos contra otros, se catapulten hacia el vacío en la imposibilidad de fijar sus reflejos de defensa.
Esos mismos animales en condición normal, sin causa que desencadene en pánico colectivo, al llegar al vacío reaccionarían en respuesta a su instinto de conservación y sobrevivencia en forma natural, eludiendo el peligro.
Al analizar cada caso en particular de esos supuestos “suicidios” encontramos siempre una causa puntual: pánico, terror.